Existencialismo para feministas suicidas
La primera mujer existencialista no sabía que estaba desarrollando un pensamiento que muchos milenios adelante se clasificaría como una corriente filosófica. Era paleolítica y le importaba un carajo la “supervivencia”.
Érase de una mujer nómada, que se separó de la tribu sin interés por reproducir vida. La preservación de la especie es un mito construido sobre la creencia que el deseo materno es un impulso que se despierta en forma de instinto a edades tempranas en la psique femenina. Mientras que en los cuerpos masculinos, la pulsión sexual es una especie de voracidad justificada por la continuidad de la vida sobre una gran área gris de un Eros. Nuestra mujer cuestionó esto: el sentido de la reproducción, y comprendió que el deseo sexual femenino no es activado por una otredad corpórea, sino desde la identificación del propio cuerpo, en otras palabras, el erotismo en el cuerpo de la mujer de todos los tiempos inicia como una apropiación territorial del placer autogestivo, y sin interés por otros placeres o por un movimiento interno de lo materno mamífero, la individuación colectiva es perfectamente sostenible.
La preservación de la especie en el cerebro primitivo, suena a una facultad que domina el resto de los deseos y pensamientos; una buena justificación paradigmática en tiempos de oxcitocina, pero que en tiempos de sequía, escasez, frío, hambre; la noradrenalina dicta el destino de la línea. No elegir la continuidad de la vida no es sinónimo de elegir la muerte, sino un mérito colectivo sin sacrificio. Para la naturaleza humana: la especie más destructiva, la más bélica; el argumento de la preservación es una contradicción. Ella lo sabía.
No tenía interés en levantar chozas, ni investigar la función de las cosas. Los ingenieros e ingenieras que también eran artesanos; las mujeres y hombres medicina que también eran curanderos, parteras, muerteras y en muchas ocasiones sacerdotisas; los maestros y preservadores del conocimiento; los y las observadoras de las estrellas, sabían mucho de muchas cosas. Pero ella, que sabía de todo un poco o al menos lo suficiente para mantenerse en un estado óptimo, eligió renunciar a un lugar en la tribu para justificar el mérito de su vida. Ni ser cazadora, ni recolectora, ni madre, ni nodriza, ni poner algún cierto talento al servicio. Para ella, menos es más, menos bocas que alimentar, menos cuerpos que cubrir, menos oídos que resguarden las enseñanzas, menos miembros es más.
El existencialismo de nuestra mujer paleolítica, tiene el fundamento clave de no dejar rastro alguno, permanecer en el anonimato, evitar todo vestigio de sus creaciones, tanto en obras creativas, refugio y sustento. Probablemente elige colocarse al final de la cadena alimenticia y va por los restos que dejan los carroñeros. Probablemente come las frutas podridas que ya se está comiendo el suelo después de los animales, los gusanos, los hongos. Y si no, caza y come mientras camina descalza, crea refugios provisionales sin dejar rastro o huellas de su estancia. Caminó al desierto, o la selva, o la pradera (eso no importa), le dijeron que sería peligroso ir sola, tampoco le importó. Anduvo explorando la vida, los territorios íntimos y escondidos, los paisajes desde otros fractales, haciéndose preguntas, <>, de temas que no tienen respuesta porque lo hace sin algún propósito concreto.
Tiene rumbo y dirección, claro que sí, no camina en círculos, pero es guiada por el deseo, la intuición y la curiosidad genuina de relacionarse con el entorno como lo hicieron sus ancestras. No se busca a sí misma, como si tener una razón de ser fuera relevante, como si una mujer más, hiciera una diferencia, mientras que ser una mujer menos, sí lo hace. Va más allá de donde su tribu ha relatado por elegir la comodidad y la supervivencia, ella no teme la muerte y no se esfuerza por sobrevivir, se permite ser vulnerable y ser acechada, sabe que hay cosas más relevantes que la “seguridad”. Para los otros, ella camina directo a la muerte. Para ella, todos caminan directo a la muerte y sin embargo, ella elije cómo caminar ergo no la manipula el miedo a la soledad, la enfermedad o el sufrimiento.
No posee nada. Ni siquiera un proyecto en mente sobre ideas de diferenciación, descubrimientos, desafío, logro, nada. El fuego que arde dentro de ella es un humo sagrado que la inspira para hoy no elegir nada, solo sucumbir a la instrucción de la naturaleza y la disponibilidad de lo existente. Ella muere, no es una asceta, no lo hace por la iluminación espiritual, no tiene aspiraciones de ningún tipo. Vive lo que tenga que vivir, y muere cuando sea y como toque morir.
La primera mujer existencialista se tomó a sí misma en la totalidad más pura posible para existir en la desnudez y experimentar la vida en estado salvaje. Ella, no dejó huella, ni rastro, ni evidencia de sus hazañas o aprendizajes; la libertad de su anonimato se mantiene a salvo dentro mío con las memorias que viven en las células.