El Jardín Interior y la Transmisión del Poder


La capacidad regenerativa de la creación después de la devastación relacional

He participado en relaciones y vínculos en los cuales durante su vigencia, el proceso de cierre o ruptura, o posterior a la ruptura durante la fase de duelo, recapitulo la dinámica del intercambio para reconocer, sin victimismo, que fui expropiada.

Del Adiestramiento de los Vínculos

¿En qué momento se volvió una dinámica de poder? ¿En qué momento cedí a las necesidades del otre por encima de mi bienestar? La idea de que en las relaciones sexoafectivas, incluídas aquellas de carácter sáfico u homoeróticas, persista una dependencia hacia la binariedad (une representante de la “energía femenina” y une de la “energía masculina”), dogmáticamente nos lleva a replicar intercambios construidos sobre los adoctrinamientos de género: opresión y sumisión, actividad y receptividad, extroversión e introversión, nutrición y provisión, fortaleza y suavidad, fluidez y resistencia, etc. Heredamos conceptos heteronormativos y en algún punto nos permitimos virar el fractal hacia todo lo otro que no es lo conocido, para sensorializar nuevas maneras, que al ser desconocidas, pueden provocar miedo o resultar intimidantes (y lo prefiero), de lo contrario me hace sentir que en cualquier relación de la que participe, replicaremos estos paradigmas caducos, y que los matices o los espacios interseccionales no existen (leeme más adelante sobre las relaciones salvajes), ergo, ¿Nuestros vínculos diversos son meramente una carcasa con nuevos accesorios para pretender que podemos hacer las cosas diferente?¿Podemos hacer las cosas diferente? ¿El pez sabe lo que es el agua porque vive en el agua, o no sabe lo que es porque nunca ha estado fuera de ella?

Del Uso del Suelo como Propiedad

Si la energía femenina es el cuerpo de la madre sustentadora, la Tierra sobre la cual se hace perenne la supuesta fertilidad de la vida y la creación, con la también supuesta abundancia incondicional del arquetipo de la madre nutridora: inmensa y dadora; que es también el cuerpo de la mujer, o de aquello señalado como femenino, entonces se requiere de une otre que, desde la impuesta energía masculina (o lo concebido como el constructo de género en lo masculino), siembre y trabaje la tierra para su posesión y apropiación de sus frutos. Sin embargo desde el punto de vista fisiológico, desde lo cíclico, tanto la Planeta Tierra, como las mujeres tenemos periodos cortos de fertilidad, casi 5 días al mes dentro de un ciclo hormonal en las personas menstruantes (y la Tierra no es a excepción). Se sabe que después de un periodo de cultivo hay que dejar descansar el suelo. Pero en la fisiología masculina (si es productora de semen vivo y sano), los espermatozoides pueden tener una disponibilidad de concepción cada 72 horas. Lo que es interesante cuando analizamos las dimensiones de las alegorías.

En la practica de la permacultura, el suelo más que nutrirlo o abonarlo, el periodo de reposo sin intervención de dicha tierra es la base del sustento futuro en el largo plazo, las plantas con las que convive el suelo y por lo tanto, la relevancia de investigar la tierra y preguntarle realmente lo que necesita, no únicamente para la producción local del agricultor u horticultor, sino también desde una consciencia más amplia, porque esa milpa, predio, o extensión de tierra local, sustenta desde el subsuelo otras extensiones imperceptibles a la distancia. Toda tierra en su forma de sustrato, carne, células, es regenerativa cuando se respetan y honran los tiempos de descanso, barbecho, veda, muerte.

No tengo dudas en que sanar el vínculo con la tierra nos produciría mejores relaciones, intercambios y respeto a nuestros cuerpos con sus ciclos y ritmos propios. Es antinatural ser cuerpos permanentemente dispuestos y replicar las lógicas extractivistas que agotan nuestra vida.

Política del Cuerpo

El cuerpo, como cuerpo de agua, extensión de tierra, milpa, parcela, chinampa: pero no como espacio salvaje indómito. Hemos sido domesticados mientras se lo hacíamos al alimento y los animales. El discurso de la soberanía acerca de la propiedad de los cuerpos, y del descanso como acto radical hacia la protesta de la productividad sin pausa, me parece incompleta si no vemos dónde/cuándo nos fracturamos inicialmente. Y es que siendo honesta, los humanos de esta era, nos movemos en espacios confinados a las distancias cortas: contenedores limitados geográficamente que persisten por imposición y violencias de los estados y sus gobernantes. Sin garantías sobre los derechos humanos a la migración, la especie se ha reducido a sí misma a idiomas y banderas (las redes sociales n son sustituto de relaciones vinculares), sin comprender que el acto de diversificación es necesaria para los marcadores del suelo y los ciclos. No parece estar conectado, pero lo está más allá de lo comprensible. Las ballenas, los elefantes y otros mamíferos grandes lo demuestran.

El estado que controla las políticas para el nacimiento, para la vida y para la muerte, juega con las constituciones sobre las naciones que fueron forzadas a ser parte de los estados sin derecho a la automía (incluidos los pueblos originarios y las dinámicas relacionales). Por eso desde la esclavitud, el feudo, el capitalismo y el estado, no hay diferencia mientras nuestra falsa sensación de bienestar esté labrada sobre la superviviencia y no, sobre la autonomía sustentable, sostenible y cooperativa; que justo es, el estado salvaje de la humanidad mamífera.

La política del cuerpo va de lo micro a lo macro, de lo “individual” a lo colectivo, y como cuerpos humanos, la producción del bienestar debería ir en función a la coherencia de las necesidades del espacio y el territorio. Evitando la sobre producción, o bien con intercambio y conservación local, o con frugalidad doméstica. El cuido del cuerpo, se ha vuelto (desde la domesticación del estado, y el capitalismo), una narrativa del wellness con palabras como skincare, dietscience, neurofood, y aquello que va dirigido a la juventud: “el anti envejecimiento”. Decir que el capitalismo y el consumismo nos quiere jóvenes para tener obreros funcionales por más tiempo; o que está cultivando seres humanos envenenados de comida procesada y vacunas para amaestrar el ADN y con ello desactivar los marcadores de lo salvaje en nuestra epigenética, y por lo tanto adormecer nuestra respuesta a la defensión del territorio propio y colectivo; o que el patriarcado desea mujeres que no envejezcan por la cultura del porno y la pedofilia, pero también porque las mujeres desde ese fractal no tenemos derecho a ser biológicas por una patologización multifactorial acerca de la caducidad del valor; pero también sobre las leyes que desigualan los principios del derecho y los vacíos legales...; y un largo etcétera que nos demuestra que esto llamado autocuidado moderno, no es bienestar. Por la razón que sea: esto no es bienestar.

En cuanto a la política del cuerpo hacia lo relacional-psíquico, observo que el estado de amor más real que se le puede conferir a una otredad es la del acercamiento a su SER como territorio libre y construir lugares comunes sin intervenir en la idea de que juntos somos un solo espacio donde ocurre el intercambio. Aunque sí, podemos construir contenedores. Una misma persona que quiero, me ha pedido matrimonio tres veces, y las tres veces lo he ¿”rechazado”? No es rechazo, es ¡resistencia! así le digo que le amo. Me habla de “hacks capitalistas”, como acceso a un seguro de gastos médicos, como acceso a un crédito bancario más oneroso, como la posible pensión para un futuro hipotético en que muere y yo recibo ayuda. Pero es que, no son formas, no deseo crear un marco legal ni una micro sociedad feudal con alguien a quien le deseo libertad. Prefiero que se recuerde a si misme que no tiene que salvar a nadie de nada, y que puede elegir para su vida un propósito aún más puro de acuerdo a su libre albedrío. No deseo ser ese escudo humano, la razón por la cual no pueda emanciparse de un horario, un jefe, una estructura reestrictiva, una vida insatisfecha y ser esa persona por quien “hace las cosas”. No.

Pero también reconocerme a mi misma como un espacio que ha sido campo de devastación y aprovechamiento (de mis recursos intelectuales, creativos, amatorios, sexuales), he sido el conveniente capital de valor para organizaciones y personas que me propusieron negocios juntes sin que yo viera después un beneficio simétrico, he sido presionada para la producción. Recuerdo que un vínculo anterior (quien por cierto era de ultra derecha) me dijo alguna vez: “Tú dijiste que ibas a ser exitosa en tu empresa y mira: yo soy el único que puede con los gastos, ya busca trabajo aunque sea limpiando”. En ese entonces coordinaba una ONG que educaba, reunía voluntarios y conectaba fondos para perros en situación de calle, en distintos albergues y refugios. Pero no producía riqueza. Vivía de donativos, y eso no se le hace al capitalismo.

He sido trasgredida, literalmente violentada y expuesta a situaciones de suma vulnerabilidad porque esta tierra que soy no admitió la monogamia (el monocultivo). En esta alegoría, fui el cuerpo que dejó de producir el anhelado recurso carnoso monocultivado y comenzó a crecer en mí una preciosa mala hierba que me infestó de pensamientos feministas de liberación; a pesar de lo erosionado de mi suelo, a pesar de la extracción de mis aguas, a pesar de las violaciones sobre las cuales se construyeron las amenazas; a pesar del deseo de apropiación del otre sobre mí. Fui esa persona con ventajas sociales, emocionales y espirituales, convenientes por mi incapacidad de marcar límites y fronteras, de ser perenne de filosofía y trabajo intelectual: de sentimientos. Como las perras que usan para producir granjas de cachorros hasta que son desechadas porque el cuerpo se infesta de miomas y desgarres vaginales. Así: usada y desechada. Ultradomesticada. Ultracomplaciente. Ultrajada.

Fui una animala salvaje bien amaestrada en espacios reducidos y luego enseñada a hacer trucos para el entretenimiento. Puesta detrás de un cristal en un hábitat artificial inculcada a creer que ese modo de vida es bienestar y un privilegio, pero luego medicada porque presenté síntomas de depresión y baja líbido. Y claro, si la animala no quiere cojer, ¡pues ahí hay algo que corregir y remediar! Fui diagnosticada con Síndrome Disfórico Premenstrual, Transtorno de Ansiedad con Depresión, Ideación Suicida, Represión Materna, y toda clase de patologización acerca de la furia de esa animala en cautiverio. Ella, un día se puso en contra de su domador, le desgarró el rostro y luego huyó. Claro que hubo castigos, claro que la sacrificaron. Pero sobre las tierras y los cadáveres se forman jardines y hay regeneración.

Sí, me han parasitado, suplantado, allanado, okupado. Los cuerpos sin políticas propias viven eso. El asunto no es la política. El asunto es el Estado.

Mi política actual no hace contratos de ningún tipo, busca acuerdos claros y espacios comunes, pero ya no vacíos intermedios dados por el deseo de una otredad que promete protección y seguridad. No más. No soy una tierra que otros puedan habitar, cultivar, usar para construir, ni una fuente de conocimiento a extraer.

De los vínculos salvajes y la ética del cuidado mutuo

¿Qué tipo de animales somos? Somos el mamífero con más deficiencias en todos los aspectos, comparado con cualquier otro ser vivo de cualquier reino. Tan solo reconocer que creamos la triada: esclavitud- feudalismo- capitalismo en el vértice uno, estado en el vértice dos, e iglesia en el vértice 3; nos hará revelar el “misterio” sobre el cual la triangulación ha oprimido la libertad relacional de los humanos por milenios. Pero no solo de nuestras elecciones erótico afectivas, sino también de nuestra relación con la Tierra, los ciclos, la cuenta del tiempo, el culto a la naturaleza, la soberanía alimentaria, nuestra intimidad sagrada como espacio de la cartografía corporal, el nacimiento, la vida y la muerte, entre muchos otros. La revolución afectiva, y las dinámicas relacionales, también son una respuesta ante dichas opresiones.

Mi postura es permitirle a la otredad (de cualquier naturaleza) su libertad también, y si algo se despierta dentro que comprima o reprima al otre, me detengo para sentirlo, ordenarlo y ser concisa sobre mis lenguajes de amor que, si no pueden ser correspondidos entonces tampoco se liberen reaccionariamente o con consecuencias ni castigos. Creo que soy torpe socialmente cuando se trata de rendirme al amor romántico, pero puedo ser más suave cuando estoy amando a mis amigas sin esfuerzo, cuidando del bienestar simple de mi hija, recibiendo el paisaje en mi cuerpo, o dando espacio a un vinculo erótico afectivo hasta que es respetuosa una nueva distancia. Los vínculos adiestrados en la binariedad patriarcal, ante la desconexión con la Tierra, sin políticas éticas del respeto a los cuerpos, son un fracaso seguro.

Los jardines devastados también pueden regenerarse después de un espacio de descanso. Es complicado... porque las dinámicas relacionales normativas exigen una presencia constante como herencia a la productividad, sin embargo, los seres sintientes estamos vivos. Yo requiero descanso y esto no es sinónimo de carencia de afecto, es regulación y respeto a mis ritmos personales. La regeneración de los jardines, las tierras, los ciclos sentipienso, que son indispensables para honrar todos los lenguajes de amor que están dentro de dichos contenedores. Transmitir ese poder regenerativo es también un lenguaje del micelio. El amor es comunitario, o no será; las relaciones serán libres o no serán, el intercambio sera recíproco o no será.