Ce Uno. 1. Ce, en Náhuatl, porque se inicia con un dedo indicando que hay una unidad pero no el todo, el comienzo de la cuenta, pero no su límite total.
El Continente de la Elefanta nació hace casi 12 años con la llegada de mi hija, un evento que puso frente a mí lo que antes era perceptible pero invisible. Soy elefanta y me he nombrado así cuando me descubrí madre. Madre loba, osa y leona. Madre de crianza feral. A veces sí y a veces no, todo el continente.
Para mi hija el contacto visual es muy importante, a mí no me gusta ser vista: aprendí a manejarlo, por amor. A mí me duele el toque físico, pero para mi hija el contacto, el toque, la kinesia es muy importante: aprendí a elevar mi radio de tolerancia y a controlar la hiper estimulación por ella, porque por primera vez en mi vida, con su nacimiento, no sentí que me desbordaba si recibía contacto físico. Tengo el oído sensible: mi hija no deja de hablar, pero su tono de voz es importante, puedo identificar micro emociones que estan ahí en el fondo o por surgir.
Las elefantas somos como un continente donde caben todos nuestros hijos para que coman, jueguen y canten, no somos seres de ocasión sino el territorio donde se dejan las huellas que luego se llevan a su memoria imborrable. Aún si las madres somos “neurodivergentes” (PAS, TDAH, TEA), o “neurotipicas” que eligieron salir de la normativa. La maternidad siempre va a sensibilizar el sistema nervioso y siempre, siempre va a transformar el cerebro materno. Todas las madres nos volvemos neurodivergentes. La maternidad duele si le pedimos a las cuerpas que sean las de antes, pero ese cuerpo anterior ha cambiado para siempre. El cuerpo no como vaso, el cuerpo como continente.
La salud mental materna puede verse vulnerada porque a veces, no solo se atraviesan los cambios fisiológicos del postparto, sino además las respuestas traumáticas que se desencriptan en el cuerpo, aunado a las características neurodivergentes.
Muchas veces me he hiper estimulado con la voz, la kinestesia y el hambre de tacto de mi hija. Y lloro porque no quiero rechazarla ni herirla. Entonces me meto al baño para recuperar espacio vital y salgo un poco reiniciada. Muchas veces me estreso con sus deberes de la escuela para que no falte, lleve su tarea y su material, porque sé cómo es entrar al salón con el uniforme equivocado y ser la única que no llevó el material o que no tenía idea del examen de ese día. Revivo los pesados años del Instituto con ella, e intento reescribirlo para ella.
Ser una madre neurodivergente tiene sus retos, pero también sus regalos, como el poder identificar en un tono muy particular de su voz cuándo está cansada, o triste, o incómoda y diferenciarlo porque mi saliva produce un sabor único cuando la escucho hablar, y porque lo siento en el cuerpo. O el poder saber si está a punto de enfermarse porque mi olfato detecta si es de la panza, las vías respiratorias o algo más: oler la enfermedad, olfatear los venenos, los lugares seguros, como un topo.
Soñarla bien o mal y siempre despertarme dos minutos antes de que venga a contarme su pesadilla. El continente de la elefanta es un cuerpo completo que hospeda memorias vitales, unas dentro de otras: la memoria del surgimiento de la totalidad, la fragmentación de los confines, la diferenciación de sus especies, el nacimiento de las vidas con sus propios recuerdos. Antes, la elefanta era parte de otras tierras, y ella recuerda también esos tiempos, algunos serán relatados aquí, en forma de cuentos, poesía y protestas; algunos pertenecientes al no tiempo, algunos otros al eterno presente.